• Francisca Sánchez

EL FINAL DE LA NAVIDAD


El Roscón protagoniza el final de estas fiestas en forma de desayuno, sobremesa o merienda cada 6 de enero, día de la Epifanía.

Este pastel con forma de rosca, a la manera de una corona real, está cubierta de frutas escarchadas o confitadas, a modo de joyas.

A pesar de su nombre, el rosco no tiene nada que ver con el nacimiento de Jesús y la llegada de los Reyes Magos. Su origen se remonta a una tradición pagana, la fiesta de las Saturnales, que, posteriormente, se incorporó a las festividades cristianas.

Se celebraba a mediados de diciembre, tras recoger las cosechas, en el solsticio de invierno, en homenaje al dios Saturno, dios de la agricultura y las cosechas. Se marcaba así el fin del periodo más oscuro del año y el nacimiento de otro más luminoso.

En estos días, llenos de diversión y regalos, había numerosos banquetes y, entre las muchas viandas que se elaboraban, había una torta a base de miel en la que se introducían frutos secos, dátiles e higos. Con el tiempo se convirtió en el postre más popular, y ya en el siglo III d.C. se introdujo también un haba, símbolo de prosperidad y fertilidad. Al que la encontraba se le auguraba fortuna el resto del año. Si bien desaparecieron las Saturnales, este postre perduró y la torta, con el tiempo, fue adquiriendo forma de roscón.

Aunque la tradición se perdió en muchos lugares, si arraigó en algunos sitios como Francia, donde se convirtió en una tradición entre la nobleza. Así, en el siglo XVIII se sustituyó el haba por una moneda y, más tarde, por una figurita de cerámica.

En el siglo XIX se volvió a recuperar el haba. Al que le tocaba la figurita se convertía en rey de la fiesta y al que le salía el haba era el tonto del haba (que derivó en tontolaba).

Tras este rico dulce llega el amargo momento de volver a la rutina, y con ella al trabajo. Saliendo de un periodo de letargo, excesos y jolgorio, la realidad vuelve a caer en frente nuestro, enseñándonos su frialdad, arañando nuestro tiempo para quedarse con casi todo.

El día después del último empacho te pones a dieta (propósito de año nuevo; un año más) recoges toda la casa: quitas el árbol, el belén y... te invade cierta nostalgia.

No todo el mundo disfruta en Navidad, ni celebra las fiestas…porque hay quien trabaja más que nunca, como suelen ser las madres, los comercios y lugares de ocio, que al fin dicen basta y reprenden una serenidad perdida para estas fechas. Pero se celebre o no, siempre remueve un poco. Agita nuestra vida rutinaria… llamadas inusuales, visitas de parientes poco frecuentados (solo para navidad) , relaciones sociales (demasiadas?), personas a las que echas tanto de menos...

...Y bueno, si has sobrevivido a las 500 comidas con familiares y amigos, es menester darte la enhorabuena. Tanto si has podido controlarte y has sabido decir que no, como si te has pasado un poquito pero has sabido darte cuenta y quieres volver a normalidad y empezar a cuidarte.

Para aquellos mortales que vuelven a sus vidas de horarios persistentes que apenas le dejan tregua, aquí vienes unos consejillos para que permanezca ese dulzor del rico y calórico roscón de reyes:

  • Reescribe tu propio diálogo interno y automotívate. Al aprender a reflexionar sobre las cosas de manera más positiva, desarrollamos nuevos patrones para responder a los desafíos. Los refuerzos simples sobre mantener las cosas en perspectiva y darle un giro más positivo en la interpretación de su propio comportamiento pueden ayudar a replantear tu visión de las cosas. Puedes poner post it por toda la casa con frases que hayas escrito de las cosas que te gustan de tu vida o simplemente que te gustaría hacer que pasara. Porque según el doctor Wingert psicólogo clínico «Incluso si no estamos acostumbrados a decir cosas positivas, afirmándonos a nosotros mismos, con el tiempo, el cerebro se entrena para pensar de esta manera».

  • Cambia la perspectiva de las cosas. Prohíbete durante una semana decir la palabra no. Tendrás que sustituirla por el verbo que la acompañaba, es decir si ibas a decir «no me gusta mi trabajo» tendrás que quitarle el «No» y decir «Me gusta mi trabajo». hacen falta 30 días para convertir un deseo en un hábito, pero seguro que lo conseguirás.

  • Escribe listas con tus deseos para el nuevo año. No te dejes nada, si quieres ser Superman tendrás que empezar por apuntarte al gimnasio, así que no hay deseo ridículo o poco importante. La investigación apunta a cómo los optimistas pasan más tiempo y energía centrada en sus objetivos, haciéndolos más propensos a alcanzarlos. Al definir sus deseos y trazar un curso de acción, dan pasos positivos hacia sus metas en lugar de pensar en cómo las cosas podrían desmoronarse o ir mal.

  • Aprende algo nuevo este año. Aunque no te haga falta para el trabajo, sabes que puedes aprender cosas sólo para disfrutar. Puedes aprender un idioma nuevo, a cocinar vegetariano o macrobiótica, a cultivar plantas aromáticas, a ir de oyente a tu carrera soñada en la universidad. Acercarse a los deseos íntimos de uno mismo nos acerca a la esperanza. Visualiza alcanzar tu meta, anticipar el éxito, y podrás encontrarte más cerca de lograrlo.

  • Renueva tu entorno. En casa cambia las cosas de sitio, renueva algún mueble sencillo con libros y plantas, tira la ropa que no te pones y cómprate prendas nuevas, renueva las telas de los sofás, pon plantas en tu oficina, cambia el camino por el que vas al trabajo, cuelga fotos de personas felices en tu nevera. Todo ello te acerca al pensamiento que ya estás teniendo más positivo y lo reforzará al verlo cada día reflejado en tus espacios vitales.

  • Cuídate mejor. a veces no podemos ser optimistas si nos duele todo, o estamos más cansados de lo habitual. Busca un buen equipo multidisciplinar para asegurarte que tu salud y tu estado de ánimo acompañan a tu revolución optimista. Un buen endocrino, un quiropráctico para conectar tu sistema nervioso y un psicólogo o coach te serán de muchísima ayuda en mantener tu sistema endocrino, nervioso, inmunitario, físico y mental en su máximo potencial.

  • Si te fuiste de vacaciones con un montón de problemas que resolver y ahora te toca afrontarlos, pero sigues sin encontrar la solución busca ayuda de un buen coach vital que te ayude a ordenar tus prioridades y a ver las soluciones creativas. No sirve de nada darles vuelta a los problemas porque eso no los soluciona. Lo mejor es ocuparse de resolverlos en vez de preocuparse por ellos.


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