Redefinir el espacio: las cortinas

Actualizado: 27 nov 2020

Durante las últimas décadas, los espacios interiores se han vuelto cada vez más abiertos y versátiles. Desde los gruesos muros y las múltiples subdivisiones de las villas Palladianas, por ejemplo, hasta las plantas libres y multifuncionales de la actualidad, la arquitectura intenta combatir la obsolescencia al proporcionar los entornos más efectivos para que la vida pase como debería, facilitando las experiencias cotidianas de las personas en el presente, pero también en el futuro. Y aunque las antiguas villas de Palladio todavía pueden acoger una variedad de funciones y estilos de vida, readaptando sus usos sin cambiar un centímetro de su simetría y modulación original, en la actualidad la flexibilidad parece ser la receta para extender la vida útil de los edificios tanto como sea posible.

¿Cómo diseñar espacios lo suficientemente neutros y flexibles como para adaptarse al ser humano en evolución, sin dejar de ofrecer las soluciones que cada persona requiere hoy? Un antiguo elemento podría ayudar a redefinir la manera en que concebimos y habitamos el espacio: las cortinas.

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Con evidencias concretas detectadas durante la Edad Antigua y el Imperio Romano, las cortinas han acompañado por siglos al ser humano en la creación de sus espacios interiores. Mosaicos de la antigüedad clásica, manuscritos ilustrados de la Edad Media, e incluso pinturas holandesas de 1600, muestran habitaciones que incluían cortinas utilizadas de múltiples maneras [1]. Durante el Medioevo, y replicándose en las épocas siguientes, cortinas enrollables se utilizaron para aumentar la privacidad de las camas, mientras que en Asia y Europa, la cortina tuvo bastante fama bajo el nombre de Portière, decorando las puertas con pesadas piezas de terciopelo o felpa. En la época victoriana, cenefas, lazos, cordones y otros accesorios se combinaron con los más diversos patrones, diseños y tipos de telas.